Un abordaje desde múltiples aristas

"Como asesinaron a Cobos - Del engaño a la verdad" un libro indispensable para conocer las infamias de la dictadura en San Luis

Hubo un relato persistente y está instalado en el inconsciente colectivo de la provincia -particularmente de la ciudad de San Luis- que Raúl Sebastián Cobos fue "un delincuente subversivo" que finalmente encontró la muerte en un "enfrentamiento" con una patrulla policial militar. Así lo relataban los diarios de esa época y el sumario que se confeccionó ad-hoc. También, que un informe que llevaba consigo dio origen a los procedimientos que terminaron con el secuestro y posterior asesinato de Graciela Fiochetti y la desaparición de Pedro Valentín Ledesma y Santana Alcaraz. Nada más alejado de la realidad. Una exhaustiva investigación realizada por Belén Dávila y Norberto Foresti (los autores de este libro) dio por tierra con esa versión en el marco del 2° juicio que se realizó en la capital puntana por aquellos crímenes.

El libro editado por la Nueva Editorial Universitaria, que será presentado formalmente el 6 de agosto próximo; rescata, no solo los pormenores del jucio, sino también otras miradas, más íntimas, profundamente humanas, de distintos actores de esas jornadas, sin los tecnicismos propios de las audiencias.

Hay un repaso minucioso del acontecer de aquel momento histórico, que dan un marco adecuado para entender lo que sucedía.

El recorrido abarca no solo lo que ocurría en San Luis los días previos y posteriores al 24 de marzo de 1976, sino también lo contextualiza con los hechos más salientes ocurridos en el país.

"Estaba esperando a la justicia", titula su intervención de más de diez páginas Marisa Aragnon, la Secretaria del Tribunal Oral Federal que tuvo a su cargo buena parte de la tarea de exhumación del cadáver del militante montonero muerto a los 23 años en la calle San Juan 2165, entre Abelardo Figueroa y Marcelino Poblet.

Las condiciones climáticas de San Juan, donde permanecía sepultado, debieron haber sido las ideales para que el cuerpo permaneciera casi intacto después de más de cuatro décadas y las pruebas colectadas en esa re-autopsia pedida por la querella fueron reveladoras.

Algo similar señala el titular del TOF que investigó el asesinato, el juez Héctor Fabián Cortez: "El cuerpo de Cobos tenía la llave que reveló el secreto de su muerte". El magistrado, además, relata en perspectiva para el libro, ya fuera del rol trascendente que le cupo en el juicio, sus vivencias. "Todo era una incógnita sobre lo que iría a ocurrir. Para mi se hacía presente la figura del padre de Raúl, buscando sus restos en el viejo Hospital de San Luis...".

Comenzar por el principio: "Qué nos decidió a escribir este libro" cuentan los autores y uno de esos párrafos resalta que una de esas razones fue "poner en palabras al hombre y al cuerpo de ese hombre que nos habló, que nos sigue hablando y del que en cada capítulo encontrarán un fragmento que les permitirá llegar a la compleja circunstancia de su asesinato, ocurrido hace 44 años".

"No fue sencillo llegar a la verdad y obtener justicia. Incertidumbres, descreimiento e incredulidad absoluta ante las pruebas de la Policía, hacía pensar que el panorama no cambiaría", resaltan en otro párrafo.

"Bastó tenacidad y un cuerpo que nos hablara, porque 'nos estaba esperando'", acotan y un tramo más adelante se adentran en las razones de su investigación: la desconfianza que le generaba "la prueba principal en la causa judicial era el Sumario N° 481 que la Policía de San Luis confeccionó la noche del 20 de setiembre de 1976 en una casa del barrio Jardín Sucre. Cada página, cada testimonio, cada aseveración, cada firma, y luego hasta cada fotografía del fatal desenlace, olían a mentira, a disimulo, a ficción", aseguran Belén y Norberto, quienes trabajaron entre 7 y 10 años para desentrañar lo ocurrido ese fatídico día.

Por su parte, en el prólogo Beatriz Quevedo -la esposa de Raúl Sebastián Cobos al momento de su asesinato- cuenta que ha leido este libro "con mucho dolor. A la vez he sentido admiración por el trabajo inmenso, intensivo tenaz y con una inmensa sensibilidad que los abogados de la querella y Lilian Videla de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos ha llevado a cabo".

"Esta es una historia que nos entrelaza en un tejido de mentiras desde aquel 20 de setiembre de 1976 donde mi amado compañero Raúl Sebastián Cobos es asesinado por las Fuerzas Armadas en su querida Argentina".

Es eso lo que se siente, un inmenso dolor, pero a la vez la satisfacción de saber que a pesar del paso de los años, la mayoría de los que cometieron esos delitos atroces contra la humanidad, recibieron su condena. También por haber encontrado la verdad de lo que sucedió en esa tarde noche cuando empezaba a aflorar la primavera en esa esquina del barrio Jardín Sucre, al norte de la capital puntana y deconstruir aquella "verdad" replicada por años, del "enfrentamiento" y el origen del operativo de La Toma.

Porque también cayó a pedazos el "Informe La Toma", que supuestamente dio origen a otros operativos de igual crueldad, amparados en la oscuridad e impunidad de aquellos años.

Vale la pena ver las contradicciones que surgieron en la investigación para darse cuenta de que todo fue armado para que coincidieran las piezas de aquel macabro rompecabezas, pero que en algún momento, con la mirada perpicaz de la querella, se derrumbaron como un castillo de naipes.

Podría abundar en los detalles sin revelar del todo la trama de este documento -insisto imprescindible para conocer lo que verdaderamente sucedió en aquellos días- pero es mejor leerlo, detenidamente, prestando atención a los detalles, porque también será una forma de conocernos.

Aún así, no quiero dejar de comentar los tramos en que Norberto Foresti aborda, casi desde una perspectiva autobiográfica su propia militancia, su relación corta y más bien casual con Cobos y su esposa, porque también derrumba el relato sobre "los delincuentes subversivos" que se fue construyendo durante años y nos da una perspectiva humana y solidaria de aquellos jóvenes militantes de los '70.

Y sería imperdonable para mi no incluir en esta pequeña síntesis, la visión que tuvo Javier Bautista, vecino de Andrónico Agüero, donde se realizaba el operativo donde fue ultimado Raúl Cobos al llegar a esa casa de "la pared de los agujeritos" que habían dejado los balazos de las fuerzas represivas.

"Uno siempre trata de entender ¿Cuánta memoria cabe en el cuerpo de un niño? ¿Cuánto pueden durar esos recuerdos?", dice en un aparte del libro que nos ocupa y describe: "No tengo la certeza. Solo recuerdo mis dedos tratando de meterlos en los huecos de la pared del frente de la que fuera mi casa, en el San Luis de mi infancia. Mis vecinitos amigos me decían que eran las marcas de las balas de los milicos..." y desentraña desde aquella perspectiva inocente e infantil lo que pudo percibir.

Tampoco sería justo dejar de mencionar en este suscinto intento de presentación que me he atrevido a escribir, el testimio que se escuchó por vídeoconferencia, de Beatriz Quevedo de Hansen (la viuda del militante asesinado, que volvió a formar familia en Suecia), narrando cómo fue su huída de San Luis a San Juan (donde se enteró por la radio que habían matado a su compañero), luego a Buenos Aires y de allí al norte del país, para -finalmente- dejar la Argentina pasando por Paraguay y luego salir rumbo a Suecia con su hijita Paula de cortísima edad y embarazada de Raulito.

Hambre, frío, miedo, desesperación, son algunas de las palabras que pueden sintetizar de algún modo ese viaje que hizo junto a un compañero de militancia. Escapar en colectivo, en bicicleta, en tren, en una barcaza... hasta llegar, luego de miles de kilómetros a un lugar seguro, aunque extraño no solo por su idioma, sino también por sus costumbres, donde debió -seguramente- reconstruirse.

Pero hay mas relatos que conmocionan por su precisión: El de los hermanos Agüero -hijos de Andrónico-, que a corta edad fueron testigos presenciales de aquel acontecimiento y fueron definitorias sus palabras y croquis a la hora del juicio.

Y, finalmente, me urge destacar que al momento de los hechos, Belén Dávila -coautora de este libro- era apenas una niña de dos años y quien tuvo la responsabilidad de ser el representante del Ministerio Fiscal, Cristian Rachid, había nacido dos días antes de este asesinato. Ambos abrazaron la causa de la defensa de los derechos humanos como propia. A ellos también el agradecimiento.

Rachid también hizo su aporte al libro, contando las viscisitudes de este segundo juicio por crímenes de lesa humanidad, donde fue el representante de la sociedad en la búsqueda de justicia, como lo hizo además el juez Marcelo Alvero, también integrante del Tribunal, que dejó su impronta en las líneas que escribió, tituladas "Como lo afirman los griegos 'la equidad' se impuso sobre la justicia entendida como la mera legalidad".

No es costumbre de quien escribe estas líneas el elogio fácil o hacer recomendaciones.

En este caso, ya en estricta primera persona, creo pertinente el elogio al trabajo incansable en búsqueda de la verdad y la recomendación de ser reconocido a través de la lectura, porque nos ayudará a saber quiénes somos como sociedad y a desentramar esta urdiembre tortuosa que fue tejida con complicidades varias, durante la dictadura cívico militar y eclesiástica, para que finalmente la verdad prevalezca.

Hago mías las palabras de Beatriz Quevedo insertas en el Prólogo: "Este libro es una prueba de que la justicia y la verdad siempre salen adelante, tarde o temprano. Sigo con la esperanza de que nuestro mundo aprenda de los errores cometidos en la historia y agradezco a todos aquellos que siguen luchando por un mundo mejor".

La presentación se puede seguir en directo a través de la transmisión que la UNSL realiza a través de su canal de YouTube programado para el 6 de agosto a las 11. También se puede acceder a través de Zoom ID de reunión: 892 0725 4363 / Código de acceso: 760749.

Gustavo Senn
gustavosenn@gmail.com

 

 

 

 

 

 
   

El Ministerio de Seguridad de la Nación ofreció una recompensa de $ 2.000.000 para quien de "datos útiles" sobre Guadalupe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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