Falleció el periodista Carlos Capella

Adios al amigo

Nuestros estados de WhatsApp a veces dicen o predicen más de lo que pensamos: "La muerte te espera a la vuelta de cualquier esquina, por lo que es bueno que sepas la dirección correcta para dónde doblar" decía el suyo y le falló el GPS. "Que no nos roben la alegría y la muerte no gane la partida", dice desde hace mucho tiempo el mío, pero no me hice caso y por acción u omisión quedó un abrazo trunco.

Esto no pretende ser un artículo periodístico ni mucho menos, ni tampoco hacer un raconto de quien fue profesionalmente el hombre con quien por casi tres décadas compartimos dichas y desventuras. Me permitiré recordarlo como amigo, aunque se de antemano que no perdonaría y mucho menos aprobaría estos párrafos ordenados con la vista nublada por las lágrimas. "Mirá las cosas que escribe este pelotudo..." seguro estará diciendo.

La muerte es cruel, despiadada siempre, pero a veces tiende emboscadas extras.

En el mismo día que un acontecimiento feliz (mi hijo se graduó en la UNC) nos reunió bajo el mismo techo a mi familia pequeña (tras casi 13 años de no estar juntos) el anochecer de Córdoba del viernes me dio uno de los golpes más tremendos: "Falleció Carlos Capella. Sus restos serán velados a partir de las 22 hs en Parque Quebrada Avda San Juan y Tomás Jofré atrás del Ejército", decía el mensaje en un grupo de WApp.

Es público y notorio -al menos entre los periodistas- que nos habíamos distanciado hace más de cuatro años, por estupideces (o no, según quien las mida) que a veces, orgullo y terquedad mediante de ambos, se vuelven irreconciliables.

Caminando juntos desde los 27 años, viejos y obsecados, no supimos encontrar el modo para, a nuestros casi 60, salvar las diferencias café mediante. Había cumplido 59 el 10 de noviembre y yo haré lo propio en febrero.

Hace un tiempo, una conferencia de prensa frustrada nos reunió en un bar a un grupo de colegas entre los que estaba él. Yo, fiel a mi costumbre había llegado tarde, me acerqué a la mesa, saludé a todos, me senté y la conversación discurrió por los andariveles habituales, supongo que por la fallida entrevista. Cuando se fue, uno de los integrantes de la charla sintetizó en una broma la situación: "Estábamos nerviosos igual que cuando se separan tus padres y la casualidad los vuelve a encontrar; no sabíamos qué podía pasar". Aunque el 'divorcio' esta vez fue definitivo (no había sido la primera discusión que nos alejararía meses o años, en los que estuvimos sin hablarnos) respondí lo que siempre he respondido: "-Él está enojado conmigo, no yo con él. Lo extraño mucho al pelotudo". Nuestro cariño siempre estuvo regado de palabrotas, con el mismo sentido afectuoso.

Era casi imposible pensarnos de otra forma que no fuera en un duo. Como Bátman sin Robin, como Olmedo sin Porcel o el Quico sin el Chavo. No nos hacía falta mirarnos para saber en una situación periodística que rol cubriría cada uno.

Tan generoso y solidario como terco y obsecado. Sin saber nada de mi, casi el día que nos conocimos, cuando no había ni monedas en mi bolsillo, nos ofreció (sus padres estaban en Buenos Aires por una operación) a Gustavo D'Angelo y a mi si queríamos quedarnos en su casa. Y estuve alojado por un mes o mas, gracias a su hospitalidad y la de su hermano Gustavo (fue la época de la casa de los 3 Gustavos, en donde hoy está la sede del Sindicato de Prensa).

Fue él quien me presentó a quien se transformó después en la madre de mis hijos y a buena parte de los amigos que compartimos a lo largo del tiempo.

Estábamos peleados cuando nacieron nuestros hijos mayores: Emiliano y Federico tienen apenas unos días de diferencia. Ese acontecimiento volvió a reunirnos cuando promediaba el '91.

Fuimos periodistas, remiseros, herreros, empleados en una empresa de emergencia médica, instructores de oficios, entre tantas otras cosas compartidas.

Mario Otero reflexionaba ayer, haciendo una breve semblanza, donde destacaba su solidaridad y buen compañerismo: "...se asoció a una cooperativa y se hizo remisero. Me juró que nunca más lo veríamos en el periodismo. Bueno, ya sabemos cómo fue después". Yo me había prometido algo parecido en esa época.

Después volvió -volvimos- en 2001/2002 a Radio Nacional, haciendo junto a Daniel Accinelli y posteriormente Nora Falabella "Los unos y otros". Tiempos de crisis, con agujeros en los zapatos y nadie que quisiera hacer un canje que liberara a los viejos cueros ya sin suelas.

Ya en Radio Sol, a la que llegamos por obra y gracia de Norita y también compartiendo la redacción de Periodistas en la red, las fuerzas le volvieron a flaquear y decidió dejar nuevamente el oficio. El 7 de junio de 2004 me confesó algo así: "No voy a poder dejar el periodismo; mis hijos me acaban de regalar una agenda/anotador y un maletín por el día del Periodista. No puedo defraudarlos". A esa anécdota probablemente ni su familia la conozca.

Hijo, hermano, sobrino, primo y padre de periodistas, la marca en el ADN pudo más.

Abro paréntesis: Él consiguió lo que yo no: Que al menos dos de los cuatro hijos que tuvo con Claudia, siguieran sus pasos en el periodismo. Federico (con el que habíamos estado hablando el miércoles en Diputados y le preguntaba sobre la salud de su padre) y Zuli, mi ahijada, que estudia la carrera en la Universidad de La Plata, seguramente continuarán su derrotero. Mauricio es rockero y bombero y a Stefi, la más chica, le he perdido la pista.

Mi hija, Malena, me había comentado que Carlos tenía diabetes y no se controlaba, que tenia picos de más de 400 de glucemia y era insulino dependiente. Una enfermedad que se le declaró hace poco, de la que en los tiempos felices, yo le había advertido que se cuidara porque los riesgos de tenerla eran más que evidentes (convivo con esa dolencia hace 22 años y conozco su peligro silencioso).

Aunque creo que finalmente lo había dejado, su adicción al cigarrillo era fatal y fumaba cerca de tres paquetes por día en sus peores épocas. Cabeza dura, elegía enojarse a controlarse, aunque Cristina, su actual pareja, había logrado lo que nadie: sacarlo a caminar, desalojándolo del sedentarismo que tanto mal le hacía a su salud. La noche del jueves 29, mientras viajábamos a Córdoba, hablábamos de eso con mi hija. Cierro paréntesis.

Después vinieron los años difíciles y los mejores de Periodistas en la red. Más tarde el distanciamiento progresivo, las diferencias de criterios, que terminó en un retiro unilateral de embajadores, los suyos. El 2 de enero de 2015 -por mail como había sido el diálogo en la última etapa- me comunicó formalmente que no escribiría más. Estábamos poniéndonos viejos, chinchudos y cerrados. Y él iniciando un proyecto propio con La Noticia en San Luis.

Comenzó desde muy chico el camino profesional que transitaba cuando lo encontró la muerte: Télam (en las épocas de Brovarone y Gómez Pérez) alrededor de los 18 o 19; Impulso de Villa Mercedes, de la mano de su tío Rúbens Lavandeira; PUNTAL San Luis; FM Libre; DIGITAL FM; Radio Universidad (un programa de rock -otra de sus pasiones de aquellos días de los '90- que hacía por la tarde); Radio Nacional San Luis en más de una ocasión; Radio Sol (Periodistas en la radio); Periodistas en la Red; Radio Municipal en 2015 y La Noticia en San Luis, el portal que fue su último gran desafío.

Me remito a las palabras de Mario Otero escritas ayer para describirlo como comunicador: "De Carlos, me queda el recuerdo - por ejemplo- de algunas colaboraciones memorables: las explicaciones de por qué Adolfo trajo y se reunió con César Luis Menotti; o cómo en el gobierno de San Luis querían seguir en parte el modelo cubano de organización deportiva. Y cuando estábamos en esas cosas, se asoció a una cooperativa y se hizo remisero. Me juró que nunca más lo veríamos en el periodismo. Bueno, ya sabemos cómo fue después. Digo que para conseguir documentar hechos de estos lustros, no se pueden obviar contribuciones de Capella, por ejemplo, en radio Sol o en Periodistas en la Red. Carlos fue periodista y sólo periodista en sus entrañas. Por eso lo recordaré con consideración. Y con afecto por sus condiciones personales. Es casi una ironía que no nos sobreviva. Que descanses en paz Carlos Capella".

Fue eso y mucho más que eso periodísticamente; quienes lo han seguido lo pueden certificar. Aún sabiendo que cuando lo conocí era profesor de Electrónica en la Escuela Fray Luis Beltrán y estudió (sin completar) la Licenciatura en Física en la UNSL.

Treinta y pico de años no caben en una página, imposible, pero intento rescatar además del periodista, al buen tipo que fue, al solidario, al enojoso, al porfiado para bien o para mal. Al amigo.

Te adelantaste en este viaje Carlitos, como dijo una colega que no conozco y asegura haber aprendido mucho de vos. No sé si hay o no otra vida después de ésta, en eso me sacaste ventaja; pero en el remoto caso de que la hubiese, prometo buscarte hasta encontrarte para que tengamos una pelea como corresponde, con puteadas incluídas y después, como hicimos siempre, nos perdonemos y nos abracemos. Hasta entonces.

Tu amigo de casi toda una vida. Gustavo.


 

 

 

 
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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